






Glitch IV
GLITCH IV
¿Y si cada decisión que tomamos fabrica una realidad
mientras ejecuta silenciosamente cientos de otras?
La ciudad donde no vivimos.
La persona que no amamos.
El riesgo que no asumimos.
La conversación que nunca ocurrió.
El instante preciso en que pudimos convertirnos en alguien distinto
y elegimos continuar siendo reconocibles.
Nos tranquiliza pensar que esas posibilidades desaparecieron,
que fueron eliminadas por el simple hecho de no haber ocurrido.
GLITCH IV propone algo considerablemente más incómodo:
¿Y si NUNCA desaparecieron?
Quizás exista una acumulación invisible de todo aquello que pudimos ser.
Una energía psicológica residual producida por identidades interrumpidas,
deseos contenidos, decisiones aplazadas y futuros que alguna vez estuvieron
lo suficientemente cerca como para parecernos posibles.
En GLITCH IV, el portal ya no funciona como acceso hacia otra realidad.
La dirección se ha invertido. Algo proveniente de esa otra posibilidad
está ejerciendo presión sobre ésta.
El gran vacío central aparenta silencio,
pero su núcleo contradice esa calma.
Algo emerge con volumen, densidad y violencia visual;
materia detenida exactamente en el instante en que atraviesa
una frontera que nunca estuvo diseñada para permitirle pasar.
Quizás esa energía… ERES TÚ.
No el tú que existe,
sino El Otro. La Otra.
La versión tuya que tomó aquella decisión que tú no te atreviste a tomar.
La que se fue cuando permaneciste.
La que dijo sí cuando dijiste no.
La que destruyó una identidad que tú decidiste proteger
y para descubrir hasta dónde podía llegar.
Aquí aparece la verdadera violencia psicológica de la obra.
¿Qué ocurriría si pudieras encontrarte,
con la persona en la que te habrías convertido?
Porque existe una posibilidad todavía más perturbadora:
que esa otra versión haya evolucionado mucho más allá
de la identidad que hoy reconoces como propia.
¿Qué parte de mí tuve que sacrificar para convertirme en quien soy HOY?
Alrededor del portal, el color registra esa fractura.
El amarillo no ilumina: interrumpe.
Irrumpe como una descarga de conciencia
dentro de un sistema que intenta conservar coherencia,
mientras los azules y turquesas introducen una frecuencia fría,
distante, casi extraterritorial, como fragmentos de una lógica
que todavía no sabemos interpretar.
Entre ellos aparecen chispas anaranjadas:
pequeños episodios de combustión, fricción
y materia sometida a transformación.
Debajo de esa actividad cromática persiste una mezcla de rojo y negro
que inicialmente se percibe como oscuridad.
Pero el rojo nunca desaparece.
Permanece latente como violencia,
memoria e impulso comprimido
bajo una superficie que intenta contenerlo.
Esa ambigüedad convierte el fondo en territorio psicológico.
En GLITCH IV, la oscuridad deja de ser ausencia y se convierte en un PORTAL hacia una energía que existe más allá de los límites de nuestra conciencia.
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